Existencialista lo denominaron
- Maialen.S

- 1 jun 2020
- 2 Min. de lectura



Y llega un día en el que te das cuenta que el tiempo ha pasado y que sigues en el puto mismo lugar de siempre, con todo lo que eso conlleva.
Sigues teniendo miedo a las despedidas, sigues sin saber si realmente existen finales felices, esperando y desesperándote, y aprendido a rimar tu insomnio con la nicotina de ese ultimo cigarro antes de dormir.
Las noches se convierten en jaulas, y los días empiezan a pesar sin pedir permiso, acumulándose uno sobre otro. Te das cuenta de que estás tan vacía por dentro que solo de pensarlo da vértigo, y es que aun no has conseguido una razón o a una persona que consiga hacerte reír como si el mundo ya no doliese.
Vuelves a sentarte, apoyada en la almohada, escribes y cierras los ojos una vez más. Te enciendes otro cigarrillo y esperas a que se consuma para volver a intentar dormir. Duermes unas pocas horas, pero como cada día, suena la alarma. Te preguntas por qué y hasta cuándo, hasta cuándo durara todo esto.
La gente te mira, sonríes, y que sabrán ellos de lo que llevas adentro. Qué sabrán ellos de las ganas que tienes de vomitar todas esas esperanzas que has ido acumulando y caducado en tu interior, que ahora solo pesan y se convierten en dolor de cabeza. Cómo sabrán ellos que ese brillo que tienes en la mirada no son ilusiones, sino lágrimas que nunca aprendiste a derramar y se cristalizaron en tus pupilas.
Andas, te pones una canción triste, subes el volumen ¿para qué escuchar el exterior? Y conforme pasas las calles piensas, mañana toda ira mejor, a pesar de saber que mañana seguiremos aquí, en el mismo lugar de siempre, en las mismas coordenadas de un mapa llamado rutina en el cual no nos sabemos encontrar.
Y así es un poquito la vida, como un concurso para ver quién resiste mejor, o quién hace todo más rápido, o algo parecido. Y así es un poquito la vida, cuando miras a tu alrededor y te das cuenta de que a lo mejor todos nos estamos acostumbrado a vivir siempre bajo esos sentimientos de estar asomados a un precipicio, a punto de precipitarnos. Acostumbrándonos a sonreír cuando se nos dispara y a decir que no nos ha dolido. A maquillarnos, a disfrazarnos, a quedarnos quietos, dejando las cosas escapar. A que se nos queden los “te quiero” en la punta de la lengua, y que todo eso que guardamos en nuestro interior nos desagarre por dentro al caer la noche. Así no vamos a ninguna parte.
Que yo solo quería deciros que ojalá venga alguien y os lleve a ver ese mundo, a ver que esa felicidad que llevas olvidada dentro de ti, sigue ahí, con ganas de salir, al igual que las ganas que tienes dentro de volver a ilusionarte con las cosas que te apasionan, volviendo a resurgir.





Comentarios