La tierra de hielo y fuego
- Maialen.S

- 1 jun 2020
- 3 Min. de lectura

Horas y horas de carretera, de un lado a otro, aprovechando cada minuto, cada segundo, sin dejar que ninguno se nos escapase. Lluvia, mucha lluvia, un día tras otro, todo el día empapados, volviendo el coche un tenderete, un restaurante donde comer y cenar, un lugar donde tumbarnos a la noche y esperar, esperar mirando el cielo, las estrellas o siempre nublado, sin perder la esperanza, volviendo esos pocos metros cuadrados en un hogar. Un hogar que nos dio la oportunidad de ver lugares maravillosos, inesperados, desde grandes cascadas, a que nos llevase el aire en playas de arena negra, o la intriga de cómo será el lugar en el que nos toque dormir hoy.
Liarla, liarla mucho, en todos los sitios donde íbamos, daba igual cuándo o cómo, pero qué le íbamos a hacer, solo dos gafes se juntan para hacer un viaje así a lo loco, planeando cada noche antes de dormir que tocaba hacer al día siguiente, y que con suerte todo saliera según lo planeado.
Perseguimos focas, renos, caballos y móviles perdidos, tratamos de llegar a sitios recónditos aunque eso conllevara casi hundir el coche en un lago camuflado por la nieve, o hacer malabarismos en el hielo para no caerse. Andar por el barro, tomar una cerveza en la laguna azul mientras veíamos amanecer, y sufrir con el olor a azufre que impregnaba todo nuestro ser.
Pero ¿Qué bonito no? Que paisajes tan blancos, que acantilados, que espíritu navideño (menos por los precios), que playas con pequeños diamantes decorando toda la orilla, poder apreciar cómo el calentamiento global y el ser humano destruyen nuestro planeta; los glaciares, subir y bajar por él, seguir a un guía loco, que se caiga una china por postureo, y como no… que se ponga a llover.
Pues si, muy bonito. ¿Y qué risas? Daba igual dónde o cómo, ya sea bajando al cráter de un volcán con el culo para luego sentarnos en un banco en el fondo de él, o probando el horrible tiburón con olor a amoniaco, jugar a expertos catadores de diferentes comidas como la ballena, el reno o el horrible salmón extra-mega-ahumado, reírnos el uno del otro y esperar a ver quién la lía más o se resbala y se pega la mayor hostia contra el suelo… complicidad lo llaman ¿no? Una foto aquí, otra foto allá, doscientas fotos al acabar el día, tu móvil saca mejor, no, el mío tiene mejor modo nocturno, ahora saca a eso, ahora a lo otro y lo de más allá… y el misterio de por qué todos lo árboles estaban ordenados… Conocernos, conocernos un poquito más cada día, aguantarnos y querernos, saber predecir que va a hacer la otra persona con tan solo mirarla, y reírnos. Que si para ti empezamos en diciembre y para mi enero, pero qué más da. Y estar obligados a que la canción “dance monkey” sea nuestra canción por encima de nuestra voluntad, impuesta por la radio islandesa, pero que suene y nos recuerde todo este viaje que hicimos de la mano, tu olor al dormir al lado mía en la cama o un tengo frío, abrázame…
Y ahora, que todo parecía ir mejor que nunca, para poder continuar, tan solo queda esperar… espera… porque son tiempos difíciles, pero no podemos hacer nada contra eso… solo esperar… esperarnos…. Y aferrarnos a estos recuerdos que un día nos unieron.





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